En la explanada de la plaza, los juegos pirotécnicos nacen y mueren con sus vestidos multicolores. Cientos de personas agitan sus cabezas y flexionan las puntas de sus pies desesperados para no perder ningún detalle de la obra. Los niños se vuelven gigantes en los hombros de sus padres y condescendientes, apuntan sus dedos hacia las chispas y el humo que cubre a los asistentes.
Mientras tanto, perdido en el anonimato, el cuetero Francisco Sotelo, observa y supervisa el castillo que él y sus muchachos construyeron durante arduas jornadas, para verlo destruirse poco a poco.
Francisco Sotelo es el propietario de la cuetería “San Francisco”, en el municipio de Atotonilco el Alto. A este artista del fuego, el ayuntamiento de Ocotlán y la Secretaría de la Defensa Nacional, le confirieron permiso para construir los castillos de cartón y pólvora que se quemaron en las fiestas patronales del Señor de la Misericordia. Sotelo lleva 56 años esculpiendo figuras pirotécnicas.
¿Cómo fue que creció en él la adrenalina para manejar la pólvora, el agente más impredecible y explosivo de todos?:
“Comencé a los diez años porque ya no quise ir a la escuela. Me puse a ayudarle a mi papá, sobre todo a hacer las lucitas, los tubitos, es lo que lo ponen a uno hacer primero para enseñarse a hacer lo más sencillo y lo menos peligroso. A mi me apasionaba ver otros festejos con castillos y todo eso, (sobretodo) cuando se celebraron las bodas de oro del cardenal Garibi Rivera. Tenía unos ocho años cuando me venía con mi papá, yo estaba muy chiquito para ayudarle, pero me venía con él (a las fiestas patronales).”
Pese a las sonrisas y felicitaciones del público que alimentan el trabajo de los arquitectos de la pólvora, estos artesanos son conscientes del riesgo y el uso irresponsable que puede derivar la pirotecnia. Un mal cálculo en el azufre que prende la mecha de los castillos, ya costó dos tragedias en la vida de Francisco.
Hace varios años, una mala combinación de los explosivos quemó la cara y los brazos a un niño de 4 años, aunque el pequeño sobrevivió al percance, nunca se animó a fabricar juegos pirotécnicos. El episodio más doloroso para Sotelo corresponde a una festividad celebrada el 15 de septiembre de 1976 en Ocotlán. Su padre dio un paso en falso en las alturas de Palacio Municipal y cayó varios metros hacia un lote baldío. Nunca más pudo levantarse. Esto mientras Francisco preparaba el castillo con el que se celebrarían las fiestas patrias.
Así pese a la luminosidad de su labor, las condiciones de trabajo que predominan entre los cueteros no son las ideales. Por ejemplo, Francisco y sus muchachos no tienen un seguro médico contra accidentes o el derecho de atención de hospitales donde atenderse. Sus sueldos oscilan entre 200 y 400 pesos diarios. Esto sólo en época de fiestas.
Los cueteros saben que su oficio no admite errores: si el castillo falla, o la lluvia arruina la quema, no hay paga. Entonces, difícilmente volverán a ser contratados.
Pese a esto, Francisco Sotelo habla con afecto de su oficio, su viejo amor. Entiende que a sus 66 años, la pólvora es la sangre de su organismo, que corre hacia su corazón y lo anima a seguir construyendo castillos
“Es un trabajo que le gusta a uno y es como todo, le da para vivir y hacerse de sus cositas. No se trata de decir ‘voy a dejar este trabajo porque es peligroso, uno lo trae en el corazón, lo siente. En mi mente y en mi ser, se me hace poquito el tiempo que he trabajado…”
Sotelo ya perdió la cuenta de cuantos castillos ha quemado durante su vida. En este 2010, junto con diez personas que andan con él, prepararon y quemaron 50 castillos. Todos se elaboraron en poblados como Jesús María, Tototlán o Ayotlán. En las fiestas patronales del Señor de la Misericordia, 14 castillos y otras figuras pirotécnicas invadieron el ambiente con su neblina de azufre.
Los cueteros de Atotonilco han consolidado su fama de adiestradores de la pólvora en varias ferias nacionales, como la Feria de la Pirotecnia del Estado de México celebrada en marzo. Francisco cuenta que no acuden con la intención de ganar, pero la difusión de la televisión y la convivencia con gente del ramo son motivos suficientes para acudir puntuales a la cita cada año.
Sotelo explica el proceso de fabricación de sus castillos:
“Comienza uno por lo más sencillo, hacer los tubitos blancos con papel, se cortan tiritas y se enrollan. Se les pone unos dos centímetros de tierra para que no se queme el armazón, ya lo demás se llena de color. Se le pone una tapita de pólvora negra para el encendido y ya se le pone la bouela para tapar la mecha.”
La decena de muchachos que levantaron los castillos en la plaza principal de Ocotlán fueron contratados por los gremios locales. Es por eso que algunos de los juegos pirotécnicos presentados presentaron figuras de la Virgen María, de agricultores, pescadores, o de algunos objetos relacionados con la actividad que desempeña cada gremio, como milpas, redes o girasoles. Francisco, de 66 años de edad, espera que los gremios de Ocotlán le sigan depositando su confianza para no perder el privilegio de construir los castillos de las fiestas patronales.
La tradición de los castillos de pólvora sale del destierro que le impone la indiferencia urbana, y corre a protegerse y perpetuarse en los pueblos. A diferencia de los castillos que salen en los cuentos de hadas o en donde viven los reyes, estas construcciones de cartón, papel y pólvora carecen de oropel pero poseen el jolgorio y la fiesta que congrega en un solo lugar a gente de todas las clases sociales para una celebración colectiva.
Las ruedas y las figuras que adornan el castillo pintan de colores al oscuro cielo de la noche. Cuando la última de las luces se apaga, los anónimos constructores chocan las palmas entre ellos y nos recuerdan con sus castillos que la vida del hombre tiene un inicio y un final, cuyo intermedio necesita de luces y chispas que la hagan brillar y cobrar sentido.
Por: Andrés Gallegos.
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