Si me preguntas mi nombre, no lo tengo. De hecho, ni siquiera soy un ser humano. Sin embargo, durante muchos días atestiguo algunos de los sentimientos más apreciados por ustedes los hombres. Se lo que es la gratitud, el servicio, la generosidad, incluso llego a ser bendecido muchas veces, a pesar de que no exista un Dios para nosotros los vehículos. Estoy pintado de blanco, rosa y verde, pertenezco al DIF, y soy el único medio de transporte que recorre las calles de Ocotlán repartiendo el desayuno y la comida a los ancianos que más lo necesitan.
Ya faltan quince minutos para que el reloj marque la una de la tarde. Enormes trastes de plástico mantienen caliente el arroz, el picadillo de res, las tortillas, el agua y el pastel para calmar el hambre a 58 ancianos de escasos recursos. Lo sé porque llevo la comida cargándola en mis espaldas. Mis amigos, Antonio Ordorica, el chofer, y su ayudante María del Carmen, dan el pistolazo de salida. Es hora de partir, salimos del Comedor Municipal del DIF, los ancianos nos esperan ya.
¿Te platico de Antonio Ordorica, el hombre que maneja mi volante todas las mañanas?. Dice que antes de las tres de la tarde deben entregar toda la comida, antes de que se enfríe. Por eso me ves brincando apuradamente en caminos llenos de charcos y piedras. La labor demanda rapidez, la comida se zangolotea y algunos restos de agua se desbordan del traste, pero nada que amerite parar la ayuda, al menos que yo me descomponga a media calle. Que recuerde, nunca me ha pasado.
Antonio Ordorica comenta sobre esas bendiciones que recibe cada vez que entrega la comida a buen puerto:
“No me lo vas a creer pero yo creo que somos los más benditos. Son bendiciones por donde quiera: que Dios los bendiga, que Dios lo cuide, que Dios los proteja. Hoy es santo de Carmen (su compañera de actividades) y a ella ya le regalaron hasta un rosario, una señora se lo colgó (a Carmen) y la colmó de bendiciones (…). Las personas están muy agradecidas y yo en lo particular me siento bien.”
Los ancianos también son mis amigos, pero a ellos los veo cuando mucho unos cinco minutos a cada uno. El tiempo corre y no puedo quedarme a platicar con ellos, hay más personas que ocupan el alimento que cargo en mi respaldo trasero. Te contaré de algunos de ellos.
Conozco a una pareja de débiles visuales que siempre limpian su casa. También visito a un hombre mudo y con osteoartritis en todo el cuerpo, que vive sólo en una casa de ladrillos y el DIF representa su única supervivencia. Me acuerdo que Trina, una mujer de casi 80 años, nos pego un susto cuando al entregarle su comida, se estaba asfixiando por los efectos del calor: ella también sufre de la presión y siempre nos pide que le recomendemos alguna pastilla. Hace unos minutos, fuimos con Carmen, ella cumplió años y salió a la puerta para invitarnos a disfrutar la fiesta, cuando su tocaya Mari Carmen le regaló un pay, la anciana estuvo a punto de romper el llanto. Hasta unos perros son mis amigos, estos siempre le avisan a su amo cuando arribo con su comida
Te presentó a otro anciano, don Manuel. Tiene 84 años, los riñones ya no le funcionan y platica que su hijo es un sinvergüenza por que le quitó su casa y lo dejó en la calle. También se queja de los trabajadores de casa DIA, los cuales no le pagan un solo centavo a pesar de hacer el aseo a las afueras del edificio. Escúchalo:
“Aquí les hago el aseo y no me dan ningún centavito, nomás la pura comida de lunes a viernes.
Pero la comida es muy buena ¿no? ¿Y el sábado y el domingo?, ya no como hasta el lunes. Yo les limpio toda la calle (a los de casa DIA), les barro y no me dan nada. (No tengo) ninguna ayuda de nadie, no tengo casa, ni donde vivir, no tengo nada. Un hijo me vendió la casa y me dejó en la calle, ¡un hijo!. Tiene 62 años de edad y me dejó en la calle, no me entregó nada de lo que yo tenía en la casa.”
Pero la comida es muy buena ¿no? ¿Y el sábado y el domingo?, ya no como hasta el lunes. Yo les limpio toda la calle (a los de casa DIA), les barro y no me dan nada. (No tengo) ninguna ayuda de nadie, no tengo casa, ni donde vivir, no tengo nada. Un hijo me vendió la casa y me dejó en la calle, ¡un hijo!. Tiene 62 años de edad y me dejó en la calle, no me entregó nada de lo que yo tenía en la casa.”
Mis ruedas conocen el asfalto y el lodo de las calles de todas las colonias de Ocotlán que visitamos, la Nuevo Fuerte, San Juan, San Antonio, Lázaro Cárdenas, Mascota, La Florida, y muchas más. Me estaciono tantas veces que hasta siento que estoy más tiempo parado que en movimiento. ¿Pero sabes porque hacemos este trabajo?, para Antonio y María del Carmen, lo más importante es recibir la alegría de las personas de la tercera edad.La dependencia a la que pertenezco, el DIF, en voz de su presidente Elvira Murillo, asegura apoyar a 52 escuelas con desayunos escolares, a 864 familias con despensas, y a 262 niños de entre uno y 4 años mediante dotaciones de leche con nutrientes especiales, en tres de sus programas. Si lo anterior se está cumpliendo, me alegro, ya que cuando los ancianos agradecen la comida que les llevamos hasta sus hogares, veo el ánimo que provocan en mi piloto y copiloto: esa motivación que me lleva a hacer la misma rutina de lunes a viernes y saber que alegramos un poco las difíciles existencias de varios de nuestros ancianos.
Por: Andrés Gallegos.
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